La sed es uno de los mecanismos más precisos que tiene el cuerpo humano para mantener el equilibrio de líquidos. Funciona como una verdadera señal de alarma: el cerebro la activa cuando detecta que la sangre está más concentrada de lo normal, una señal clara de que el organismo necesita agua.

Así lo explicó el nutricionista español Guillermo Gómez, quien detalló que esta respuesta se pone en marcha gracias a sensores ubicados tanto en el cerebro como en los vasos sanguíneos. Estos detectan cambios en el volumen y en la concentración de los líquidos corporales, activando la necesidad de beber.

En este delicado sistema también cumplen un rol fundamental los riñones. Según el especialista, regulan la cantidad de orina que se elimina para evitar que el cuerpo pierda más líquidos de los necesarios y así sostener el equilibrio interno.

¿Es malo beber agua sin sentir sed?

En personas sanas, ingerir agua sin tener sed no suele representar un problema en condiciones normales. Sin embargo, Gómez advierte sobre un riesgo poco conocido: la sobrehidratación. “El problema aparece cuando se consumen cantidades muy elevadas de agua en muy poco tiempo”, señala.

Este exceso puede derivar en una hiponatremia, una disminución peligrosa de los niveles de sodio en sangre. Según el nutricionista, es una situación que se observa con cierta frecuencia en deportistas que participan en maratones o pruebas de larga distancia, especialmente en contextos de altas temperaturas o elevada humedad.

La causa principal es beber grandes volúmenes de agua sin reponer de manera adecuada las sales minerales que se pierden con el sudor. Los síntomas de este desequilibrio pueden ser graves e incluyen dolores de cabeza muy intensos, náuseas, vómitos y, en casos extremos, convulsiones.

Cuando no alcanza con esperar la sed

Aunque para la mayoría de la población la sed es una guía confiable, existen situaciones en las que no basta con esperar esa señal. “Los deportistas que realizan ejercicio intenso y prolongado, especialmente en ambientes calurosos o húmedos, deberían hidratarse de forma planificada”, recomienda Gómez.

También remarca la importancia de prestar especial atención a las personas mayores. Con el paso de los años, la sensación de sed puede verse alterada y, durante el verano, esto supone un riesgo adicional. En estos casos, beber líquidos de forma regular, aun sin sed, resulta fundamental.

Otros grupos que requieren una hidratación controlada son los niños pequeños, sobre todo si presentan fiebre, diarrea o vómitos, así como las mujeres embarazadas y aquellas que se encuentran en período de lactancia, debido a sus mayores necesidades de líquidos.

Por último, el especialista relativiza la recomendación generalizada de beber dos litros de agua por día. “Es solo una orientación”, aclara, y agrega que una alimentación rica en frutas y verduras ya aporta una cantidad significativa de líquidos al organismo.